Me resulta imposible escribir en marzo sin sentirme atravesada por todo lo que significa el “Día internacional de la mujer”. Pienso en cómo fue cambiando la percepción de este día y de nuestros roles, desde que era pequeña. Y cuanto no.
Todavía hay propuestas “para festejar” y nos ofrecen promociones o tratamientos estéticos. Para poder engordar y después volver a adelgazar, por supuesto. Porque tenemos que ser divertidas, pero recatadas, atrevidas, pero maternales, disfrutar la comida y la bebida, pero cuidarnos y no excedernos…, agotador, ¿no?. Las eternas dualidades sobre lo que “tenemos que ser” siguen pesando en nuestras creencias. Aunque pensemos que ya no.
Creo que la diferencia es que, de a poco, vamos animándonos a observar esas creencias desde otro lugar, a cuestionarlas, a repensar. ¿Queremos que nos digan feliz día? ¿Qué significa? ¿Es un día para celebrar nuestro género, simplemente?
Hace un tiempo, una nueva clienta llegó a un proceso de coaching buscando reorientar su vida profesional luego de la maternidad. Una maternidad muy deseada y conseguida no sin mucho esfuerzo y desafíos. Ella había deseado tanto ser madre, que ahora que lo había logrado, se sentía sumamente mal de pensar que no quería que todo en su vida fuera la crianza, que también quería sentirse plena profesionalmente.
Solemos poner el dedo acusador hacia las políticas laborales, los intereses empresariales y los directivos hombres que no promueven en equidad a las mujeres con las que trabajan. Y, sin duda, esto es real, hay muchísimo por hacer en esos ámbitos. Y mientras una mujer sea “mala madre” por no acompañar a sus hijos lo suficiente, pero “poco responsable” si los acompaña, mientras un padre no sea invitado a abandonar una reunión de trabajo para cuidar a su hijo enfermo, o siga siendo objeto de bromas por unirse “al chat de mamis”, no estamos generando condiciones de igualdad.
Pero cada vez que en un grupo de mujeres una le dice a otra que tiene suerte porque su marido “la ayuda” y pensemos que el compartir tareas es parte suerte y parte decisión de un hombre, porque es especial, somos nosotras las que nos anclamos y no nos permitimos crecer.
Porque acá no se trata de falta de capacidad, mucho menos de habilidades, tampoco de carisma, estilos de liderazgo o gestión de las emociones. Todo eso juega en los roles tanto de hombres como de mujeres. Lo que sigue pesando es lo que todos creemos que cada una y cada uno “debe ser”.
Y no digo que no me pasó. Soy de una generación que vio los cambios de paradigma nacer. Solo algunas de las madres de esa época trabajaban, y también madrugaban para planchar nuestros uniformes de colegio y dejar el almuerzo preparado. “Que si no estoy en casa no se note”, creo que debía ser su mantra. Mientras tanto, otras se sentían mejores madres porque podían ocuparse del regalo del día del maestro o quedarse charlando en la puerta de la escuela. Nadie cuestionaba a nuestros padres ausentes “porque tenían que trabajar” el día del acto en el que ibas a la bandera, pero cuando era tu mamá la que no iba a la reunión de padres por su trabajo, las conversaciones eran diferentes.
Muchas llevamos el peso de crecer en ese contexto, pero no significa que no podamos cuestionar esos roles, no solo desde un lugar teórico, sino evitando reproducirlos como “naturales”. Porque las elecciones siempre son válidas. Y tanto una mujer como un hombre pueden elegir cómo vivir sus profesiones y sus vidas familiares. El tema es bajo qué condiciones eligen.
Así que, en este mes de marzo, te propongo pensar qué creencias reproducís cuando decís que un hombre ayuda, cuando pensás que no se viste bien “porque la mujer no cuida su ropa”, cuando mirás de reojo a la colega que va a un viaje de trabajo dejando a sus hijos al cuidado de su padre o de un persona de confianza. Porque todo eso no solo perjudica a tus pares, te limita a vos, y reproduce estas creencias al infinito para naturalizar lo que nada tiene de natural entre las futuras generaciones.
Cambiemos el mundo para que sea más equitativo y que las oportunidades nos alcancen a todos por igual, pero para eso empecemos a cuestionar nuestras creencias y animarnos a una mirada diferente. Empecemos por nosotras.


